27/09/2018 | Volver

EL ESPÍRITU DE LA TAREA DE CARITAS

por Mons. Víctor Manuel Fernández

Dios nos promete esto: “Den y se les dará […] La misma medida que usen con los demás se usará con ustedes” (Lc 6, 38). También proclama: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán mise­ricordia” (Mt 5,7). Es una promesa preciosa para el que da, resaltada también en otros textos bíblicos: “Quien se apiada del pobre da a Yahvé, y recibirá su recompensa” (Pr 19, 17). “No vuelvas tu rostro ante ningún pobre y Dios no apartará de ti su rostro” (Tb 4, 7). El profeta Isaías lo decía con otras palabras, cuando se preguntaba qué es lo que más agrada a Dios:

“¿No será partir al hambriento tu pan? […] Entonces brotará tu luz como la aurora y rápidamente se curará tu herida […] Si repartes al hambriento tu pan, y dejas saciado al afligido, entonces brillará tu luz en las tinieblas, y lo oscuro de ti se volverá mediodía. Yahvé te guiará continuamente…” (Is 58, 7.8.10-11). 

También hay una advertencia del apóstol Santiago que contiene una hermosa promesa: “Tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia; pero la misericordia triunfa en el juicio” (St 2, 13). ¡La misericordia nos hace salir triunfantes cuando nuestra vida es juzgada! Si somos misericordiosos nuestra existencia es un triunfo luminoso. En cambio, si alguien está necesitado “y no le das el sustento para el cuerpo”, tu fe “está realmente muerta” (St 2, 16-17). 

Muchos otros textos bíblicos confirman el valor salvífico de la generosidad. Vale la pena leer algunos de ellos para terminar de convencernos:

“Rompe tus pecados con obras de justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres” (Dn 4,24).

“La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado” (Tb 12,9).

“Como el agua apaga el fuego llameante, la limosna perdona los pecados” (Si 3,30).

“Tengan ardiente caridad unos por otros, porque la caridad cubrirá la multitud de los pecados” (1 Pe 4,8). 

Seguramente san Agustín había leído estos textos, porque enseñaba que “así como, en peligro de incendio, correríamos a buscar agua para apagarlo […] del mismo modo, si de nuestra paja surgiera la llama del pecado, y por eso nos turbamos, cuando se nos ofrezca la ocasión de una obra llena de misericordia, alegrémonos de ella como si fuera una fuente que se nos ofrezca en la que podamos sofocar el incendio”.[1]

Entonces el pobre es un regalo para nosotros, porque a través de él nos llegan tesoros divinos. Así lo entendió la Iglesia a lo largo de toda su historia. Por ejemplo, San Ambrosio decía:

“Lo que das al necesitado es una ganancia para ti mismo. Mientras se reduce tu capital, en realidad crece tu provecho. El pan que das a los pobres se convierte en tu alimento. Porque quien siente compasión por el necesitado se cultiva a sí mismo. La misericordia se siembra en la tierra pero germina en el cielo, se planta en el pobre pero se multiplica en Dios”.[2] 

Y con una intensidad todavía mayor se expresaba San Gregorio de Niza:

“No consientas que sean otros quienes socorran a los semejantes y que lleguen antes que tú al tesoro que se custodiaba para ti. Abraza al afligido como si fuese oro. Aprieta entre tus brazos al enfermo como si sólo de él dependiera tu salvación […] Los pobres son los dispensadores de los bienes que esperamos, son los porteros del Reino de los cielos”.[3] 

¡Ellos nos estarán esperando a las puertas del cielo para recibirnos! Pero eso supone que no los sintamos extraños a nuestras vidas, sino que realmente nos “mezclemos” con ellos, con ese “gusto espiritual de ser pueblo” que nos propone el Papa Francisco. Es lo mismo que proponía San Francisco de Asís a sus discípulos: 

“Los hermanos deben alegrarse cuando puedan mezclarse con gente de baja condición y despreciada, entre los pobres y débiles, entre los enfermos y leprosos”.[4] 

A esto lo encarna cada uno a su modo. De hecho, de formas diversas lo vivieron San Francisco de Asís, San Felipe Neri, San Juan Bosco, el beato Carlos de Foucauld, el santo Cura Brochero, santa Teresa de Calcuta, el beato Óscar Romero o la beata Ludovica. 

¿Diremos que nos preocupa más la pureza doctrinal, o la defensa de los grandes principios morales? Al respecto, un documento escrito bajo la conducción del cardenal Ratzinger decía lo siguiente: 

“A los defensores de la ortodoxia se dirige a veces el reproche de pasividad, de indulgencia o de complicidad culpables respecto a situaciones de injusticia intolerables”.[5] 

Ser canales para que Dios pueda escuchar un clamor 

Cuando una persona necesitada clama a Dios, él quiere responderle a través de mí. Por esa razón, entre Dios y el necesitado está el canal de la bendición divina. Si yo me ubico entre ellos dos para ser instrumento de la generosidad y del consuelo divino para el necesitado, entonces me sitúo dentro de ese canal de la misericordia divina, me sumerjo en ese río de compasión amorosa. Pero también puedo optar por situarme fuera de ese canal, ignorando al que sufre. Así, yo mismo rechazo la bendición divina. El Papa Francisco, en Evangelii gaudium (EG), nos invitó a ser “dóciles y atentos para escuchar el clamor del pobre y socorrerlo” porque “basta recorrer las Escrituras para descubrir cómo el Padre bueno quiere escuchar el clamor de los pobres” (EG 187). En ese mismo párrafo nos recordó algunos textos bíblicos suficientemente claros para que descubramos nuestra propia misión ante el dolor de los demás. En ellos se advierte que el Señor quiso necesitar de instrumentos humanos para socorrer al pobre que clama pidiéndole ayuda:

“He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado su clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos […] Ahora, pues, ve, yo te envío…” (Ex 3,7-8.10). “Entonces los israelitas clamaron al Señor y Él les suscitó un libertador” (Jc 3,15). 

Cuando el pobre que clama no es socorrido, o es objeto de una injusticia, ese clamor no deja de ser escuchado por Dios: “El salario de los obreros que segaron vuestros campos, y que no habéis pagado, está gritando. Y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos” (St 5,4). Esto tiene consecuencias graves, porque si haces oídos sordos al clamor de alguien que vive mal, él “clamaría al Señor contra ti y tú te cargarías con un pecado” (Dt 15,9); y “si te maldice lleno de amargura, su Creador escuchará su imprecación” (Si 4,6). 

Invitarlos al banquete 

Pero quienes llevan una vida muy cómoda llegan a sentirse dignos de su alto nivel de consumo, como si las carencias de los demás no existieran. El Papa Francisco dijo en Laudato si’ (LS) que “seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros […] Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos” (LS 90). Llevar una vida llena de comodidades, incapaces de hacer algo por los demás, es una verdadera injusticia, un modo de pisotear a los pobres: “Pisan contra el polvo de la tierra la cabeza de los débiles” (Am 2, 7). En cambio, “el que es justo y practica el derecho y la justicia […] da su pan al hambriento” (Ez 18, 5.7). Recordemos esta hermosa invitación a la verdadera justicia:

“Aprended a hacer el bien, buscad lo que es justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Entonces venid y disputemos, dice Yahvé. Si vuestros pecados fuesen como la grana, quedarán blancos como la nieve” (Is 1, 17-18).   

Hay un texto del Evangelio que quizás sea el más motivador para nuestra relación con las personas necesitadas. Vale la pena releerlo y tomarlo muy en serio:

“Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos, no sea que ellos a su vez te inviten y tengas ya tu recompensa. Cuando des un banquete invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos, y serás dichoso, porque ellos no te pueden corresponder. Y se te recompensará en la resurrección de los justos” (Lc 14, 12-14). 

Aquí no se trata de dar algo de comer a un pobre, sino de considerarlo digno de participar de mi banquete. Cuando alguien da un banquete prepara lo mejor, porque quiere pasar un buen momento con sus invitados, desea que se sientan bien atendidos y que se vayan felices. El pedido de Jesús es que eso sea para los pobres y para los despreciados, para esos que nadie invita. Se trata de darles lugar en mi propia mesa, como a mis hijos y a mis seres más queridos. Eso significa dos cosas: por una parte que quiero lo mejor para ellos, que a los pobres les debo cosas de calidad, lo mejor, no las sobras, no lo que no sirve. Por otro lado, que deberían ser ellos mis preferidos, los privilegiados de mi afecto. 

Desde el corazón 

En la carta de Santiago, se pone el ejemplo de una persona rica que llega a una reunión de cristianos, y es invitada a sentarse en un lugar preferencial, pero luego llega un pobre y le indican que se quede de pie (cf. St 2, 2-3). Entonces pregunta: “¿No sería eso hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con malos criterios?” (St 2,4). La propuesta es hacer exactamente lo contrario, es decir, privilegiar a los pobres: “¿Acaso no ha elegido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman? ¡Pero vosotros habéis menospreciado al pobre!” (St 2, 5-6). Son palabras que atacan fuerte nuestro deseo vanidoso e interesado de quedar bien con las personas importantes. La Palabra de Dios nos vuelve a pedir que los privilegiados de nuestro corazón y de nuestra entrega sean los pobres, los abandonados, los desechados. 

Los necesitados no podrán ser realmente nuestros privilegiados si no tenemos “entrañas de misericordia” (Cl 3, 12). Eso no es hacer obras buenas porque nos sentimos obligados a ser amables, gentiles y compasivos. Significa que la compasión nos brota sinceramente “de las entrañas”, de un interior transformado por la misericordia. Algo tan sublime no se fabrica con el propio esfuerzo, sino que es don divino, y por eso la Iglesia lo pide en la Liturgia: “Señor, Padre de misericordia, derrama sobre nosotros el Espíritu del Amor [...] Danos entrañas de misericordia ante toda miseria humana”.[6] También podemos pedirlo con la oración de santa Faustina: “Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso, para que yo sienta los sufrimientos de mi prójimo”. 

La verdadera misericordia parte de una gran valoración del otro como sujeto. Porque puedo dar de comer al otro como si fuera un objeto, un recipiente, un receptáculo donde calmo mi conciencia o donde cumplo con un mandato. Mientras tanto, a él como persona no le presto atención. Hay quienes acusan a los pobres de ser viciosos, haraganes, seres de menor categoría, y por eso ni siquiera los miran a los ojos cuando les dan algo. Pero disfrazan una sonrisa y dan unas monedas para que nadie los trate de egoístas. Otros llegan a organizar alguna cena para reunir dinero destinado a obras de beneficencia, pero a los pobres siguen considerándolos objetos despreciables, marginales de la sociedad, seres perturbadores que ensucian el mundo. Prefieren tenerlos lejos. Por eso el Papa Francisco dijo que “nuestro compromiso no consiste exclusivamente en acciones o en programas de promoción y asistencia […] sino ante todo en una atención puesta en el otro” (EG 199), amando su dignidad. 

Un modo de dar 

La clave está en el modo de dar, en la manera de situarme frente al otro. Porque el amor siempre supone estar ante el otro con aprecio, con una atención afectiva puesta en él “considerándolo como uno conmigo”[7]. Esta atención amante es el inicio de una verdadera preocupación por su persona, porque reconoce el infinito amor de Dios hacia ese ser humano, y recuerda que es “un hermano por el cual Cristo murió” (1 Co 8, 11). El verdadero amor siempre es contemplativo, me permite servir al otro no por obligación o por vanidad, sino porque él es bello, más allá de su apariencia. El pobre, cuando es amado, “es estimado como de alto valor”[8]. 

Si acompañamos a los demás en su camino de liberación con esta mirada atenta y amante, eso hace posible que los pobres, en nuestras comunidades, se sientan como “en su casa”.[9] Dar es también acoger, valorar, dar lugar en el corazón, incorporar la dignidad del otro en la propia mirada y en la propia vida. De ese modo, uno no mira sólo el hambre del otro, su miseria, su necesidad, sino ante todo su dignidad personal. Así la misericordia se convierte en piedad. San Buenaventura lo enseñaba con mucha claridad en estas palabras: “La misericordia considera la miseria en la que está sumido el hombre, imagen de Dios; pero la piedad considera la imagen de Dios en el hombre que está sumido en la miseria”. [10]  Esto cambia totalmente nuestro modo de dar. 

El Catecismo enseña que una persona limitada puede no ser culpable de algunas malas acciones que comete, por distintas razones como “la ignorancia, la inadvertencia, la  violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales”.[11] Podemos encontrar en los pobres muchas limitaciones, errores, malas acciones, pero cabe recordar lo que nos enseñó el Papa Francisco: “Un pequeño paso, en medio de grandes límites humanos, puede ser más agradable a Dios que la vida exteriormente correcta de quien transcurre sus días sin enfrentar importantes dificultades” (EG 44). Entonces, es mejor cumplir el Evangelio: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Lc 6, 37). 

Cuando uno realmente reconoce el valor de una persona necesitada, entonces es capaz no sólo de dar algo, sino de “hacerse amigo”, de compartir la intimidad con esa persona. Un amigo destaca las cosas buenas del otro y disimula o excusa sus defectos y caídas. Tener un amigo pobre indica que uno abrió verdaderamente el corazón a los pobres, y así puede tener con ellos la actitud y la mirada de Cristo. 

La amistad no es una palabra vacía. ¿Cuáles son sus características? Es una unión afectiva estable con alguien con quien tenemos cosas en común y cuyo bien buscamos. Es decir, en primer lugar tiene que haber una unión de afecto, un cariño que nos mueve a buscar su bien. Esa relación debe ser estable, de tal manera que esa persona sepa que tiene un lugar en mi vida para siempre, y no sólo por un instante. También implica tener cosas en común. ¿Se pueden tener cosas en común con una persona muy pobre? Quizás entre su forma de vivir y la mía haya grandes diferencias, quizás no me reconozco en él y me siento de otra especie, pero en realidad somos humanos los dos y poco a poco podremos encontrar puntos de contacto. Es una aventura. 

Recuerdo muy bien que en el Documento de Aparecida (DA), por voluntad del entonces Cardenal Bergoglio, se agregaron unos párrafos que invitaban no sólo a dar cosas a los pobres, sino a hacerlo desde una amistad. Retomemos aquellas hermosas palabras:

“Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres de hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (DA 398). “La misma adhesión a Jesucristo es la que nos hace amigos de los pobres y solidarios con su destino” (DA 257). 

Lo que en Aparecida se destaca como característica de la amistad es dar tiempo: “Se nos pide dedicar tiempo a los pobres” (DA 397). Uno da tiempo con gusto a sus amigos, los escucha con interés, disfruta estando con ellos y compartiendo largas conversaciones. Si ayudamos a un amigo lo hacemos dedicándole tiempo, dedicándonos a él por un momento, dejando otras cosas para estar sólo con él. Además, cada amigo es diferente, único, especial. No amo a la humanidad o a los pobres en general, amo a “esta” persona. Entonces, dar de comer al hambriento o dar de beber al sediento no puede ser un gesto mecánico y ansioso, como quien se quita un peso. Debería hacerse, al menos, con una pequeña conversación, con un instante de intimidad y de afecto que exprese la actitud de un amigo. 

Mirar a los invisibles 

A quienes necesitan nuestra ayuda, especialmente a los más pobres, muchas veces no los vemos, porque no son parte de nuestras vidas cotidianas. El Papa Francisco se refirió a esa “ciudad bella y llena de espacios verdes bien cuidados en algunas áreas ‘seguras’, pero no tanto en zonas menos visibles, donde viven los descartables de la sociedad” (LS 45). En cambio, “¡qué hermosas son las ciudades que superan la desconfianza enfermiza e integran a los diferentes, y que hacen de esa integración un nuevo factor de desarrollo! ¡Qué lindas son las ciudades que, aun en su diseño arquitectónico, están llenas de espacios que conectan, relacionan, favorecen el reconocimiento del otro!” (EG 210). Pero muchas ciudades están lejos del ideal de una sociedad inclusiva. 

El problema es que la sociedad prefiere que los pobres se vuelvan invisibles, de manera que su presencia no cuestione sus hábitos de consumo y su estilo de vida. Porque, “muchos profesionales, formadores de opinión, medios de comunicación y centros de poder están ubicados lejos de ellos, en áreas urbanas aisladas, sin tomar contacto directo con sus problemas. Viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial. Esta falta de contacto físico y de encuentro, a veces favorecida por la desintegración de nuestras ciudades, ayuda a cauterizar la conciencia y a ignorar parte de la realidad” (LS 49). No escuchamos el clamor de los pobres porque “su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia […] No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo […] Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad y sintámonos provocados”.[12] 

Cada vez que me acerco a rendir culto al Padre Dios, él me pregunta por mi hermano (cf. Gn 4, 9). Una respuesta puede ser la de Caín: “No lo sé. ¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?” (ibíd). Esta respuesta es como decir: “No lo vi, no sé dónde está, no tengo idea, no está dentro de mis intereses, está fuera de mi campo de visión, para mí no existe”. Otra respuesta puede ser la de Job: “Libré al pobre que clamaba [...] Fui padre de los pobres” (Jb 29, 12.16).  En este mundo competitivo, muchos somos como Caín. El que logra sobresalir suele hacerlo a costa de cauterizar su consciencia ante los males ajenos, ignorando al débil y negando todo espacio al diferente. Para sobresalir no hay que perder tiempo con los que no nos sirven para alcanzar poder o satisfacción. Pero siempre está dentro de nosotros el llamado divino al amor universal, a ensanchar el corazón y hacerlo disponible, de manera que en él haya espacio para los olvidados y abandonados. Si no queremos volvernos ciegos ante los necesitados o sordos a su clamor, quizás nos convenga repetir la oración de santa Faustina: “Ayúdame, oh Señor a que mis oídos sean misericordiosos, para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus sufrimientos y sus quejas”. 

Un camino místico

Si lentamente aprendemos a detenernos ante los pobres y sufrientes, ante los hambrientos y sedientos, nos encaminamos hacia las más profundas alegrías, hacia la armonía interior, hacia la auténtica paz espiritual. En ese arte de detenernos ante ellos, podemos alcanzar una profunda experiencia mística. Es la de reconocer a Cristo en ellos, ver el rostro de Cristo en el rostro de ellos, contemplar la luz de Cristo en sus personas sufridas, porque él quiso ser pobre (cf. 2 Co 8, 9). Por eso decía san Agustín: “Cuando está necesitado, no quieres darle. Cristo está necesitado cuando lo está un pobre”.[13] Esto va más allá de su atractivo sensible o de su forma de ser. Por eso pedía Teresa de Calcuta: “Haz que sepa reconocerte, aun oculto bajo el disfraz poco atrayente de la ira, la arrogancia o la demencia”.
 

Jean Vanier, que convivía con personas discapacitadas, en un momento de su vida sintió que tenía nostalgia de la oración de los monjes, y así reconoció que en realidad debía aprender a encontrar a Dios en sus hermanos discapacitados. Lo logró. A veces uno de ellos, mudo y pequeño a pesar de sus cincuenta años, se sentaba en sus rodillas y se quedaba mirándolo. En esos momentos Vanier lograba vivir una profunda experiencia de encuentro con Cristo, y decía: “Él me mira y yo lo miro”.

 

 

Mons. Víctor Manuel Fernández

Arzobispo de La Plata


[1] San Agustín, De catechizandis rudibus, I, XIV, 22.

[2]  Nabot: PL 14, 765ss.

[3] Oración sobre el amor por los pobres: PG 46, 455-468.

[4] Primera Regla, 9.

[5] Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis nuntius, Roma 1984, XI, 18.

[6] Plegaria Eucarística V.

[7] Santo Tomás de Aquino, ST  II-II, q. 27, art. 2.

[8] Santo Tomás de Aquino, ST  I-II, q. 26, art. 3

[9] San Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte, 50.

[10] San Buenaventura, III Sent., dist. 35, art. un., q. 6, ad 1-4: “considerat imaginem in misero”.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 1735.

[12] Francisco, Bula Misericordiae Vultus, 15.

[13] San Agustín, Sermo 38, 8.